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EDITORIAL
 

¡ Día de la Madre: Reflexiones!!

Mayo suena a campanas y huele a flores. Es el mes de las madres en casi todo el mundo y miles de hijos, nietos y bisnietos se aprestan a comprar regalos, flores y diversos artículos para agasajar a sus madres queridas. Ponderable tarea si tomamos en cuenta que lo más sagrado en la tierra es nomás mamá y en el cielo…Dios.
            Dejando de lado el afán comercial de esta festividad mundial, deseo llamar a la reflexión a quienes tienen la dicha de añorar sus madrecitas
            Las mujeres más lindas del Universo no son las que desfilan en trajes de baño y vestidos de noche delante de jueces y de cámaras de televisión porque las verdaderas finalistas y las ganadoras son aquellas que tienen el brillo interno de la gracia materna y el perdón.
No hay belleza física que se pueda comparar con la dignidad espiritual o el atractivo de una mujer llena de paz. Las mujeres que han sido madres son personas serenas porque su confianza y su seguridad están en la paz que reflejan.
La madre es una persona con dignidad porque su valor y sentido se hallan más allá de lo superficial. Las mujeres que tuvieron la dicha de ser madres reflejan una clase de belleza interior que hace mucho más que llamar la atención a sí misma.
La verdadera belleza de la mujer madre no es corruptible porque no depende de lo físico, sino que es la belleza de una forma de ser que reúne la quietud, la humildad, la ternura y la serenidad.
Todas las mujeres del mundo son alabadas por su belleza física, por su vivacidad y por su audacia. Pero las mujeres que Dios ha convertido en madres tienen un molde distinto: llevan la pureza del alma en su instinto maternal y eso las hace únicas.
La belleza física de una mujer es temporal y su deterioro le produce amargura y tristeza. En cambio, una madre, con el transcurrir de los años se pone más hermosa porque sufre y se alegra por los fracasos y logros obtenidos por sus retoños. La belleza viene de la fe en el porvenir de sus hijos.
La madre es el gran invento y magnífico pretexto que Dios ha proporcionado al género humano para que se conozcan la ternura, la comprensión, el amor y el perdón. Esta es la verdadera belleza, la belleza que es de grande estima delante de Dios.
Hablando de bellezas, deseo felicitar- si usted me lo permite caro lector- a la autora de mis días, misma que se encuentra rezando por mí en Quillacollo (Cochabamba – Bolivia). Para ella y para todas alas madres del Universo: ¡ Gracias por tanta belleza!

 

 

 
 
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