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REPORTAJE
 

Un padre violó y maltrato a su hija durante 24 años.
Procreó 7 hijos-nietos y la tenía como esclava en un sulo de su casa.

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La policía austríaca continua las investigaciones en el caso de

incesto cometido por Josef Fritzl en la localidad de Amstetten, una
localidad de 23.000 habitantes a 130 kilómetros al oeste de Viena,

tras descubrirse por casualidad que, una de las hijas, de 19

años, fue internada en un hospital local a raíz de una enfermedad
genética típica del incesto.
La víctima explicó a la policía que su padre, que hoy tiene 73 años,
abusó sexualmente de ella por primera vez cuando tenía once años y que
cuando tenía 18 la llevó al sótano de la casa y la inmovilizó con
esposas. Allí permaneció durante 24 años y fue violada repetidamente
por su padre.
Elisabeth, fue llevada, junto con sus hijos y su madre, a un hospital
psiquiátrico regional, y se halla en un estado psíquico deplorable. La
mujer, que tiene ahora 42 años, estuvo cautiva desde los 18 en un
sótano sin luz natural durante 24 años sin que al parecer nadie, ni
siquiera la esposa del sospechoso, se diera cuenta de la situación.
De los siete hijos que el sospechoso, identificado como
Josef Fritzl, tuvo con su hija, nacieron gemelos en 1996, de los que
uno falleció a los tres días, y el padre y abuelo a la vez, lo
incineró en el jardín, según explicó la aturdida madre a los agentes.
Tres de los hijos, de 19, 18 y 5 años, jamás vieron la luz del día y
permanecieron siempre con la madre en el escondite, sin que las
autoridades sospecharan nada durante años, mientras que los otros tres
fueron "adoptados" por el matrimonio y hacían una vida que los vecinos
y compañeros de escuela consideraban normal.

El abuelo y padre de estos niños había creado la
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leyenda de que la madre había abandonado la casa y se había ido con
una secta religiosa, lo que apoyó con cartas que obligó a escribir a
su hija para justificar esta versión. El padre de Elisabeth urdió esta
mentira para justificar la desaparición de su hija. Según hizo creer a
todas las personas que le conocían, empezando por su esposa Rosmarie,
Elisabeth era una adolescente rebelde que había sido "seducida por una
secta" y que, debido a esta situación, dejó de buscarla, ya que era lo
que ella había pedido. Así explicó su desaparición a los 19 años,
cuando la drogó y la encerró en un calabozo subterráneo.
El escondite, una especie de celda en el subsuelo, ventilada con aire
forzado, con una pequeña cocina, una ducha, televisor y espacio para
dormir, tenía acceso mediante una puerta de acero que se deslizaba por
raíles y que estaba disimulada por estanterías en el sótano, y que
sólo podía abrirse mediante un código electrónico, que finalmente el
hombre entregó a la policía para que penetrara en su interior.

En los mismos predios, también se descubrió una habitación
acolchada, posiblemente para impedir que las voces salieran al
exterior en esa zona residencial de Amstetten.

Según los vecinos de Josef Fritzl, este ingeniero,
propietario de su propia empresa, tenía antecedentes penales y había
cumplido incluso una pena de cárcel, extremo que las autoridades no
han querido comentar.

ESCALOFRIANTES DETALLES DEL CASO

Austria aún trata de comprender cómo un hombre pudo esconder durante
24 años a su hija en un sótano de su casa, donde confesó haberle
engendrado siete hijos, sin que su esposa, los vecinos ni las
autoridades sospecharan jamás nada.
Josef Fritzl, el incestuoso padre de 73 años, confesó lacónicamente
durante su interrogatorio todas las acusaciones, tras ser detenido.
Reconoció que había acondicionado uno de los sótanos de su casa de
Amstetten para recluir en su interior a su hija Elisabeth, actualmente
de 42 años, y a tres de los niños que tuvo con ella.
Fritzl confesó las acusaciones de incesto, precisando que no hubo
violencia. Reconoció también ser el padre de los siete hijos de la
mujer, uno de ellos fallecido cuando era pequeño. También admitió que
eliminó el cadáver del bebé muerto quemándolo en una caldera en su
domicilio.
El interrogatorio a Fritzl, que ya compareció ante el juez, despertó
gran expectativa en todo el mundo, aunque las grandes líneas de este
suceso están ya esclarecidas.
El escalofriante e incestuoso drama salió a la luz gracias a las
indagaciones de un hospital en el que había ingresado uno de los
jóvenes secuestrados, Kerstin, de 19 años, que sufre de una misteriosa
enfermedad. Los médicos querían localizar a su madre para lograr el
diagnóstico de su mal.
Pero, según constaba en los actos oficiales, la madre, Elisabeth
Fritzl, había desaparecido oficialmente en 1984 tras caer en las redes
de una secta. En realidad, ella se encontraba secuestrada por su padre
en el tétrico sótano.
De los seis hijos que tuvo con su padre además del que falleció, tres
fueron adoptados por Josef Fritzl y su esposa, Rosemarie, mientras que
los otros tres permanecieron en el sótano. Los bebés habían sido
depositados con varios años de diferencia en la entrada del domicilio
junto a una carta de su madre asegurando que no podía cuidarlos. Este
fue el sofisticado plan preparado y llevado a cabo por Josef Fritzl.
Elisabeth y sus hijos se encuentran ya bajo observación en una unidad
siquiátrica de la clínica regional y su estado de salud parece ser
satisfactorio. En cambio, Rosemarie, esposa el acusado, de 69 años y
con la que tuvo otros siete hijos, se encuentra en un estado
sicológico preocupante, según el responsable de los servicios sociales
de Amstetten, Heinz Lenz.
Las fotografías tomadas por los investigadores muestran el angosto
espacio de 60 metros cuadrados construido por Josef Fritzl y protegido
por una puerta de hormigón armado con un cerrojo electrónico del que
únicamente él conocía el código. En el interior, había tres pequeñas
habitaciones con un baño, una cocina y un televisor.
Cuando Elisabeth Fritzl desapareció, el 28 de agosto de 1984, sus
padres recibieron una carta —aparentemente de su puño y letra— en la
que les pedía que no la buscaran ya que había decidido irse a vivir
con una secta.
Sin embargo, ella explicó a la policía que en realidad su padre,
Josef, quien abusó sexualmente de ella desde que tenía 11 años, la
llevó al sótano donde la drogó y la maniató antes de proceder a
esconderla en el sótano de su casa ubicada en Amstetten, a 130
kilómetros de Viena, la capital austriaca.
Desde entonces, Josef, un ingeniero jubilado de 73 años, vivió durante
más de dos décadas una doble vida. Mientras su hija, Elisabeth, vivía
un calvario sin fin recluida con tres de sus hijos en una especie de
calabozo subterráneo, él vivía en la misma casa una vida de abuelo
generoso.
El acusado reconoció haber golpeado a su hija en repetidas ocasiones y
de haberla violado numerosas veces, por lo que nacieron hijos más o
menos cada dos años.

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